Que te escribía un blog entero



lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuando éramos pequeños


Cuando éramos pequeños todo lo que había a nuestro alrededor era ajeno a nosotros. Sólo teníamos a papá y a mamá (los más afortunados). Nuestro día a día se integraba por partes que, en realidad, no entendíamos como conexas entre sí. Es como cuando mi sobrina, un pispajo de dos años y medio le pides que haga algo y te dice "Hoy no, el lunes", como un punto de referencia espacial que ella no comprende pero que es la respuesta que sus padres le dan.

Y a medida que te vas haciendo mayor, lo que te rodea se convierte en un tejido que te envuelve, empiezas a entender lo que es la cronología del tiempo, el devenir de las horas, de los días, de los años.

A algunos, esto les agobia tanto que necesitan cambiar de decorado, como suelo decir, necesitan volver a sentirse como cuando éramos pequeños y, aunque no son capaces de cambiar la percepción temporal, sí pueden volver a encontrarse con la sensación de no saber dónde están, de construir de nuevo, poco a poco, el tejido en donde se encuentran.

Los menos, nunca se resignan a perder esa sensación de "des-ubicación", y van cambiando constantemente. Muchos otros, como yo, por ejemplo, soñaron desde pequeños ser mayores, tanto, tanto, tanto, que cuando quisieron darse cuenta, ya lo eran.

Eso no quiere decir que, cada mañana, cuando nos levantamos, no nos apetezca desayunar delante de los dibujos, que cuando estamos enfermos no queramos que nuestra madre nos haga más caso, que cuando vemos un columpio no queramos montarnos y que cuando estamos tristes no nos queramos subir en las rodillas de nuestros padres, como cuando éramos pequeños.

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