Sigo dándole vueltas al paralelismo constante entre nuestra vida adulta (o post-adolescente, en mi caso) y a nuestra infancia.
Me explico por qué.
Cuando yo era pequeña e iba al parque, a los columpios, siempre había más niños. Yo siempre me he bastado y me he sobrado sola para jugar, pero la interacción con los demás era habitual. Una cosa que odiaba hasta el punto que casi no respondía era a la famosa pregunta de "¿Quieres ser mi amiga?". Automáticamente salía un resorte dentro de mí diciendo que NO. Por dios, ten dignidad, delicadeza, empecemos por tirarnos por el tobogán un par de veces antes, ¿no? No puedo ser amiga de alguien a quien no conozco, ¡por favor!
En mi adolescencia, una chica que ya era muy popular, envió a una de las que querían ser ella, en esa relación idolatría-ojalatecaigasytescuernes, a preguntarme si quería ser su amiga. Mi respuesta: que venga ella a hablar conmigo. Nunca vino. Sólo quería ponerse el pin de amiguita del mes.
Se me ocurren paralelismos nocturnos bastante evidentes, pero me ceñiré al que me he encontrado con esta situación ya midiendo lo que una mide. Si quieres que sea tu amiga, empieza a tratarme como tal, no preguntándome si lo quiero ser. Evidentemente, ante esto, el silencio vuelve a darme la razón.
un par de toboganeos es lo mínimo, sí.
ResponderEliminar