¿Sabes cuando alguien a quien quieres muchísimo está mal y no sabes qué hacer para que esté mejor?
Habitualmente, yo lo que hago es comportarme como si fuera un perro, intento no insistir mucho en el tema, intento no hablar si la otra persona no quiere, pero estoy ahí, presente, como tumbada debajo de una mesa. Y en cuanto se mueve, me voy detrás.
Cuando yo estoy triste quiero estar sola. También me gusta que haya gente cerca, por si en un momento determinado quiero hablar de ello.
Al final, lo que permanece, siempre, es el amor y el cariño. Amor y cariño que, pese a lo que dice el lenguaje popular, no hay que regarlo todos los días, lo que hay que apartar son los sentimientos negativos y dejar paso a que querer a los demás es lo importante.
Siempre tendía a protestar de mis amigos y amigas. Que si es que es no sé como o si hace no sé qué. Pequeñeces, tonterías, cosas que todos tenemos o hacemos de cuando en cuando. Hace poco me he dado cuenta (las experiencias vitales son lo que te ayudan) que el afecto que ellos sienten por mí y yo por ellos es tan grande que esas pequeñeces eran puntos que estaban más cerca de mi visión que de su ser, por lo que yo las veía grandes. Y que esos modos de comportamiento no son más que uno de los granitos que la componen como una persona maravillosa. Por ese motivo, opté por dejar de hablar en esos términos (cosa que cuesta mucho, por cierto) y empezar a valorar el cariño mutuo que nos sentimos.
Por este mismo motivo, cuando alguien a quien quiero está en baja forma anímicamente, intento, simplemente, estar presente. Y que mi cariño es incondicional.
Protestabas sobre nosotros? cacho perra!
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