Que te escribía un blog entero



jueves, 6 de enero de 2011

Regalo de Reyes

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Este año os quiero obsequiar por Reyes con un pequeño relato que he escrito hace poco tiempo.

Me da mucha vergüenza publicarlo, así que, sed compasivos con esta pobre amateur que se entreteniene con estos pasatiempos en vez de hacer lo que tiene que hacer.

Espero que os guste. Y lamento si parece muy largo.


Tiempo de espera.

Te conocí una tarde de septiembre. Estabas sola, esperando el autobús de vuelta a casa. Con los cascos puestos, móvil en mano, como si buscaras tu invisibilidad. Era imposible que lo fueras. Llevabas el pelo recogido como la cola de una novia cuando va a bailar el primer vals con su padre. Una mochila destrozada por los golpes, un bolso demasiado grande para tu diminuta estatura y unos tacones que empezaban a molestarte, porque no conseguías estarte quieta ni un momento. Al principio pensé que estabas bailando, pero luego me di cuenta de que en realidad lo que tus pies suplicaban era que la señora que estaba en la parada se levantase y empezara a dar codazos para ser la primera en subir y así, tú, poderte sentar.
De repente, te paraste en seco. Levantaste la mirada y, sin entender yo nada, se te llenaron los ojos de lágrimas. Por el perfil vi como una lágrima te resbalaba por la mejilla, no lograba ver tu cara de frente. Me inventé tu vida en un minuto. Ese minuto en el que tu vida me fascinó tanto que decidí que, independientemente de cuál fuera tu autobús, yo me subiría contigo.
Ni siquiera te habías fijado en mí, evidentemente, tu vida estaba demasiado colmada de sensaciones extrañas. Un extraño, para ti, era insignificante.
Trabajabas, estaba claro. La zona de Cuzco a las siete de la tarde no podía indicar otra cosa. Seguramente en un trabajo de mierda, en el que tus jefes ni siquiera se dignaban a hablar contigo y tus compañeros, casi todos hombres, te dirigían miradas lascivas que tú no entendías e interpretabas como falsas simpatías para traicionarte y convertirte en el rival más débil. No ibas vestida como si vinieras de pasarlo bien. En una tarde estupenda y preciosa de septiembre, en la que el olor a tierra mojada era lejano y en la que la chaqueta era más un accesorio que otra cosa. Tú llevabas medias, seguramente porque a la hora a la que salías de casa haría bastante frío. Serían madrugadas que irían cogiendo, día a día, más carga de niebla, de rocío. Por eso tú te arropabas sin querer. Te sentías incapaz de meterte en el metro, a estas horas, preferías tardar un poco más en llegar a casa, pero ir sentada. O quizá no fueras a casa. Esa mochila parecía estar llena con un tupper con los restos de una ensalada de pasta que habrías comido sobre el ordenador. Sí, te encantaría la pasta, como a mí y, con lo poco que cobras, no quieres gastártelo en comida, por eso vas cargada con las tarteras que te preparas por la mañana.
Bajo esas medias opacas se perfilaban unas blancas piernas. Aquel verano no te tocaron vacaciones, acababas de entrar en la empresa. Esa falda no te servirá para este otoño, pensaste por la mañana cuando te la pusiste, después de dar mil vueltas para elegir qué llevarías hoy. Viene Raúl, pero no viene Javier. Me puedo poner
algo que enseñe rodilla, entre los dos me ponen nerviosa, pero uno solo no tiene por qué incomodarme tanto. La camisa estaba arrugada, tras casi doce horas, parecía que la llevaras una semana seguida, serías como yo, también, destrozona de la ropa. Era bonita, te la habrías comprado cuando te contrataron, a primeros de mayo, toda ilusionada por tener trabajo.
¿Qué has estudiado? Pensemos un poco. Te miré detenidamente la cara por unos segundos. Ibas con maquillaje, o eso indicaba el cuello de la camisa, a saber a qué hora te has levantado. Ibas perfectamente maquillada, sin embargo, y tenías los labios como si hubieras explotado a mordiscos un bolígrafo rojo. No llevabas apenas joyas, sólo una pulsera pequeña, plateada, seguramente algún regalo de tu novio.
Llevaba cerca de cinco minutos mirándote fijamente y en ningún momento pensé que pudieras tener novio. El corazón me tiró de la nuez como insinuándome que ni en mis sueños pudieras fijarte en algún individuo ni remotamente parecido a mí. Te miré el culo. No era especialmente destacable. Después de observar tus piernas, tu culo era como la desilusión de llegar a casa pensando en la croqueta que sobró de la noche anterior y ver que tu hermano se la está terminando de comer. Eso sí, el pecho que te hacía esa pesada mochila había llamado la atención a más de un motorista, que por poco no se tropezaron con algún árbol de la mediana.
¿Por qué lloras? ¿Qué has visto o qué has escuchado que te ha hecho sentir mal? ¿Te has acordado de un novio? No sé por qué ya no podía parar de pensar en que tenías novio.
Pasó un autobús. Tú, con la mirada fija en la acera de enfrente, inmóvil, a pocos centímetros de la calzada, ni siquiera lo miraste. El viento que levantó hizo que tu flequillo se moviera como si un montón de bichitos estuvieran jugando a las espadas con él.
No era el tuyo, aunque sí era el mío. El desencanto de que tuvieras novio por poco me hace subirme. Pero no lo hice. Aún no había decidido qué habías estudiado. Algo que ver con la ingeniería. Dura carrera para ser chica. Y pensaba en mí. En mi traje, que me compré por aquel viaje que me hicieron hacer los cabrones de mi primer empleo. A Palencia nada menos. Y todo, para nada. Bueno, para nada no, ahora tenía que usarlo casi todos los días. Y mis deportivas, qué ganas tenía de que llegara el viernes por la tarde y ponérmelas con una camiseta, en estos que días en los que aún se puede ir al parque a echar unas risas con el Manu. ¡Qué personaje!
Cogiste el móvil de manera torpe, intentando apagar la música. Seguro que sonaba Deep Purple. Qué ingenuo puedo llegar a ser. Tu voz sonaba tras una película de agua que cubría tu alma, como si esa contención estuviera atrapando la congoja de una niña pequeña que se da cuenta de que la vida era eso, ir con una mochila hasta arriba de cosas y con unos tacones incómodos que te quieren quemar la planta de los pies.
- ¿Sí?
- Estoy esperando en la parada. No sé cuánto tardará. Ya sabes, a estas horas, igual tengo que esperar al siguiente.
- No, no voy a ir a clase, tengo las cosas, pero me ha llamado Marta, que está mala y a mí me da pereza ir sola. Total, ya estoy un poco cansada de esto.
- A ver, que no creo que pase nada por no ir. Además, me han llamado y me voy a tomar un café por Alonso.
- Sí, no te preocupes, que a cenar sí voy. Un beso.
¿Alonso? Ahora sí que no lleva a Deep, ni creo que sepa siquiera quiénes son. Pero la curiosidad me pudo, necesitaba hablarte, no sé por qué, quizá porque siempre me he enamorado como un adolescente de las chicas que se ponen a llorar sin más, quizá, simplemente, porque quería saber cuál era el motivo de tus lágrimas.
Llegó el autobús, me coloqué detrás de ti, esperando en vano que se te cayera algo al suelo y así poder recogértelo para mirarte a los ojos, aunque fuera un segundo. No sabía de qué color los tenías. Me sentía casi un delincuente, siguiéndote como si te conociera. Te sentaste en un hueco de cuatro. Había sitio a tu lado, pero te quise mirar, aunque me mareara, necesitaba hacerlo, ver si podía hablarte. Pero no se me pasaba por la cabeza nada que decirte. Te sentaste y colocaste la mochila y el bolso sobre tu regazo y te pusiste a mirar por la ventana. El trayecto sería corto, luego habías quedado, poco tenía que hacer, era plenamente consciente de ello. De repente, mientras intentaba poco locuazmente mirar el color de tus ojos, dos ópalos marrones enormes, vi como una lágrima te resbalaba por la mejilla.
- ¿Estás bien? – te pregunté. No me oíste. Te toqué la rodilla. Recuerdo que te di un susto importante, porque la primera mirada que me dirigiste fue de una mezcla entre miedo y asco que no podré olvidar nunca. Te quitaste los cascos, disimulando que tu lágrima iba por mitad del cuello.
- ¿Perdona? – Otra mirada insidiosa, me estabas matando lentamente.
- No, sólo quería saber si estabas bien. – Decidí echar toda la carne en el asador.
Me examinaste durante lo que a mí me parecieron dos horas, de arriba abajo, rebuscando entre mis manos algún anillo, en mis orejas pendientes, colgantes en mi cuello. Algo que te permitiera clasificarme en alguna tribu urbana o que te diera una pista sobre el tipo de persona que soy. Por desgracia soy el tipo más normal del mundo. Esbocé una sonrisa, imaginé que tu día había sido igual de agotador que el mío.
Finalmente, cuando ya creía que una última ojeada de desdén iba a ser mi última cuchillada, sacaste del bolsillo tu reproductor de música, lo apagaste, de nuevo con torpeza, y me dijiste:
- ¿Has tenido alguna vez uno de esos días en los que, al final del día, crees que no tienes nada que contar cuando llegas a casa?
- Mil veces - me apresuré a contestar, pensando para mis adentros, aunque hoy me he enamorado pero no se lo contaré a nadie, no lo vayamos a gafar.
- Pues hoy, gracias a ti, creo que ya no será uno de ellos. Gracias por notar que estaba triste. – Y me regalaste la sonrisa más bonita del mundo.
Me lancé a la piscina, te empecé a insidiar con preguntas de todo tipo, pero no quise preguntarte por el motivo de tu tristeza, sobre tu vida, tu trabajo, todo lo que podía pasárseme por la cabeza. Tú, respondías con una naturalidad pasmosa, como si supieras cada una de las preguntas que te hacía de antemano y me la devolvías, siempre con esa sonrisa puesta en la cara.
Cuando llegamos a la Plaza de Alonso Martínez, la última parada, te quisiste despedir de mí pero yo te hice una última pregunta.
- Oye, ¿por casualidad no irías escuchando a Deep Purple?
- No, no los llevo cuando estoy triste.
Cupido decidió que en mi corazón no cabían más flechas, era técnicamente imposible. Podría haberme muerto en ese momento y no me hubiera importado.
Tan impactado estaba que, sin yo evitarlo, vi cómo te alejabas, los zapatos ya no te hacían daño. Me quedé viendo cómo te marchabas para siempre, pensando en la bonita tarde que me habías dado, sin pensar en que no te volvería a ver. Estaba agilipollado perdido, hasta el punto de que ni me di cuenta de que no sabía tu nombre. Me entró el pánico, ya habías girado, no te veía ya, qué podía hacer, no quería ver cómo te fundías en un tórrido beso con ese tiparraco de tu novio que, seguro, te había hecho llorar. Pero no podía dejar que te marcharas, así que corrí tras de ti y, al girar, vi que estabas apoyada de espaldas a mí en la estatua del Sr. Martínez y que de tu enorme bolso habías sacado un papel en el que estabas apuntando algo. Te diste la vuelta justo cuando llegaba. Me diste el papel.
- Llámame cuando estés triste. Te lo debo.
Y lo hice. Todos los días desde entonces.

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