Es curioso lo mucho que se acostumbra uno a su rutina. Sobre todo cuando la pierde. Es como cuando te vas de vacaciones que no ves el momento de cerrar la maleta y marcharte y ya el día antes de volver empiezas a pensar en lo a gusto que estás en tu casa. Con la soledad pasa lo mismo. La odias, te reconcomes en ella, te lamentas, hasta que te acostumbras. Y cuando vuelves al mundo de los vivos, cuando empiezas a ver las terribles ganas que tiene la gente de meterse en movidas, de juzgar y de provocar incomodidades, pues como que te pilla desentrenada.
La cuestión es que no había yo terminado mis vacaciones, cuando ya estaba pensando, no sin una dosis bastante alta de nostalgia, en los fríos días de otoño, en las bufandas y en los gorros, en el chándal para hacer que vas a salir a correr. Y es que, ya se sabe, que eres de Madrid si en invierno quieres calor y en verano deseas que vuelva el frío.
Mis vacaciones han transcurrido en el abanico tensional de 2 a 6, siendo el pico de emoción cuando se iluminaba el indicador de gasolina diciendo que no tenías más que para un par de kilómetros estando atravesando el gigantesco puente de Vasco de Gama.
He estado en Salamanca, Coimbra, Setúbal-Troia, Évora, Trujillo y, tras el cambio de maleta, en Burdeos.
La verdad es que ha sido un viaje estupendo, no exento de divertidas anécdotas. Pero en los momentos de dejar la mente en blanco, no paraba de añorar un poco, ojo, he dicho que sólo un poco, la rutina de los días de estudio.
Evidentemente, esta rutina cuando vuelve se convierte en un personaje desagradable y tosco, incómodo y, sobre todo, al caer las primeras hojas, cuando se enmarronecen las copas de los árboles, no puedes dejar de pensar lo a gusto que estabas tirada en esa playa de blanca de arena, oliendo a mar y a crema protectora y evitando las marcas del sol.
Pero, lo bueno que tiene el retorno al curso es que, no deja de ser un curso, y en este caso, para mí, será el definitivo.
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