Que te escribía un blog entero



miércoles, 3 de octubre de 2012

Estaciones de tren



Veo mi vida amorosa de la siguiente manera:
Yo estoy en la estación de Chamartín, inmensa, llena de andenes, uno detrás de otro, interminables hasta el punto que en cada vía parece haber varios trenes.
Estoy cargada de maletas, pesadas, abultadas, y hace frío, así que voy abrigada hasta las orejas. Y estoy en uno de los andenes. De repente, veo que un tren va a salir, tengo algunos destinos vetados, pero no me importa en general, lo único que me importa es que yo quiero un AVE. Veo que hay uno a punto de partir, bajo corriendo las escaleras, cargada como una mula, los músculos se me agarrotan, me despeino, el gorro me molesta, estoy sudando, pero no llego.
O llego, y resulta que no es un AVE, que es un tren regional de mierda hasta en los apoyabrazos y que tarda cuatro días en llegar a cualquier ciudad de más de cincuentamil habitantes. También puede ser que, después de cambiarme otra vez de andén al oir el silbato del jefe de estación, llegue y sea un TALGO, o un ALARIS, con destino a una capital de Comunidad Autónoma incluso, pero que están ocupados todos los asientos. Sí, esos son mi especialidad, los de los asientos ocupados. A veces el revisor del tren me dice que haciendo una excepción me deja viajar en el baño o sólo hasta la siguiente estación, mientras me guiña un ojo. Y yo como que, aunque me pueda divertir la aventura, irme hasta Palencia, con sesenta kilos de maleta y pasando más frío que una stripper en un convento, pues decido volver a bajar mi equipaje y seguir esperando.
Y espero, espero. Veo un AVE a lo lejos, o incluso uno de esos en los que vas a París tumbada como una reina. Pero resulta que no, que nena, no tienes la suficiente clase como para subirte. Así que miras airada al personal del tren y dices con resentimiento "los billetes de avión cada vez están más baratos" y te vas.
De vez en cuando, eso sí, puedes optar por cogerte un cercanías. Piensas que quizá puedes dejar los bártulos en la consigna de la estación y darte un garbeo por El Escorial. La mayoría de las veces no llegas ni a Alcobendas, pero bueno, ver las montañas de lejos también tiene su encanto.
Pero hay que tener cuidado, porque como no te liberes de los trastos antes de comprarle el billete al revisor, puedes marearte e imaginar que un cercanías es un AVE y, lo que es peor, que el propio tren se crea un AVE y pretenda hacerte pagar de más por ir a Tres Cantos o que vaya cogiendo a demasiada gente por el camino.
La verdad es que al final acabas reventada de tanto subir y bajar escaleras como si quisieras batir un récord o algo así, de hacer caso al primero que te llama de otro andén, ya no sabiendo ni cuál es el que conduce a la salida de la estación.
Así que, tras unas cuantas carreras por los pasadizos subterráneos de Chamartín, unas cuantas decepciones y muchos descartes, piensas en que hay varias opciones y que a veces, hasta puedes comprar el billete por internet. Pero, por el momento, creo que será mejor no llevar tanto equipaje, el justo y necesario para poder disfrutar de la visita a alguna ciudad peculiar y dejarse llevar un poquito, eso sí, conservando en el bolsillo el billete de vuelta.

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