Que te escribía un blog entero



viernes, 19 de octubre de 2012

CUMPLEAÑOS

No sé si alguna vez lo habré comentado, pero para mí, mi cumpleaños, es un día muy importante. Hay gente que no lo vive de esa manera, que pasa de puntillas por él como si no se fuera a pasar la hoja del calendario, gente que prefiere incluso obviarlo para no tener que invitar a pastas en la oficina. Pero yo no.

Me encanta mi cumpleaños. Como buena ascendente Leo, me alucina ser el centro de atención, que la gente me felicite por facebook, whatsapp, sms, llamadas... Y sobre todo juntarme con mis amigos y conocidos, incluso a veces con personas que puede que no me caigan ni bien, pero el hecho de ser la estrella durante un día sin tener que justificar el por qué, me encanta.

Me vuelve loca el juntar a todo el mundo alrededor, que se lo pasen bien, se rían y recibir un montón de regalos. Regalos que mis amigos se han puesto de acuerdo para comprar, y quiero pensar que, incluso, han buscado algo que me guste y no se han ido a las rebajas a comprar lo primero que pillen.

Pero los años pasan, los caminos se alejan y ya no les parece tan gracioso estar en un bar rodeados de comida no demasiado elaborada y de una cerveza - que no copa, porque "yo he traido el coche""yo mañana madrugo""yo es que tengo otra cosa ahora y me tengo que marchar"-, además de estar con gente que se suena mutuamente de mis otros cumpleaños pero que, por alguna razón, posiblemente muy comprensible, no terminan de decidir hablarse.

Es posible que vuelva a celebrar algún evento de ese tipo, pero la verdad es que no sé cuándo, porque aunque pueda obviar la pereza que les da a la mayoría la fiesta que tanto me gusta, también es cierto que mis circunstancias personales no me permiten hacer una celebración como la que a mí me gustaría, aunque pueda parecer desde fuera infantil, aunque en realidad sea cierto que ya no tengo edad para esas juergas de globos y confeti, pero que a mí me da una pequeña dosis de felicidad.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Estaciones de tren



Veo mi vida amorosa de la siguiente manera:
Yo estoy en la estación de Chamartín, inmensa, llena de andenes, uno detrás de otro, interminables hasta el punto que en cada vía parece haber varios trenes.
Estoy cargada de maletas, pesadas, abultadas, y hace frío, así que voy abrigada hasta las orejas. Y estoy en uno de los andenes. De repente, veo que un tren va a salir, tengo algunos destinos vetados, pero no me importa en general, lo único que me importa es que yo quiero un AVE. Veo que hay uno a punto de partir, bajo corriendo las escaleras, cargada como una mula, los músculos se me agarrotan, me despeino, el gorro me molesta, estoy sudando, pero no llego.
O llego, y resulta que no es un AVE, que es un tren regional de mierda hasta en los apoyabrazos y que tarda cuatro días en llegar a cualquier ciudad de más de cincuentamil habitantes. También puede ser que, después de cambiarme otra vez de andén al oir el silbato del jefe de estación, llegue y sea un TALGO, o un ALARIS, con destino a una capital de Comunidad Autónoma incluso, pero que están ocupados todos los asientos. Sí, esos son mi especialidad, los de los asientos ocupados. A veces el revisor del tren me dice que haciendo una excepción me deja viajar en el baño o sólo hasta la siguiente estación, mientras me guiña un ojo. Y yo como que, aunque me pueda divertir la aventura, irme hasta Palencia, con sesenta kilos de maleta y pasando más frío que una stripper en un convento, pues decido volver a bajar mi equipaje y seguir esperando.
Y espero, espero. Veo un AVE a lo lejos, o incluso uno de esos en los que vas a París tumbada como una reina. Pero resulta que no, que nena, no tienes la suficiente clase como para subirte. Así que miras airada al personal del tren y dices con resentimiento "los billetes de avión cada vez están más baratos" y te vas.
De vez en cuando, eso sí, puedes optar por cogerte un cercanías. Piensas que quizá puedes dejar los bártulos en la consigna de la estación y darte un garbeo por El Escorial. La mayoría de las veces no llegas ni a Alcobendas, pero bueno, ver las montañas de lejos también tiene su encanto.
Pero hay que tener cuidado, porque como no te liberes de los trastos antes de comprarle el billete al revisor, puedes marearte e imaginar que un cercanías es un AVE y, lo que es peor, que el propio tren se crea un AVE y pretenda hacerte pagar de más por ir a Tres Cantos o que vaya cogiendo a demasiada gente por el camino.
La verdad es que al final acabas reventada de tanto subir y bajar escaleras como si quisieras batir un récord o algo así, de hacer caso al primero que te llama de otro andén, ya no sabiendo ni cuál es el que conduce a la salida de la estación.
Así que, tras unas cuantas carreras por los pasadizos subterráneos de Chamartín, unas cuantas decepciones y muchos descartes, piensas en que hay varias opciones y que a veces, hasta puedes comprar el billete por internet. Pero, por el momento, creo que será mejor no llevar tanto equipaje, el justo y necesario para poder disfrutar de la visita a alguna ciudad peculiar y dejarse llevar un poquito, eso sí, conservando en el bolsillo el billete de vuelta.

Rutinas

Es curioso lo mucho que se acostumbra uno a su rutina. Sobre todo cuando la pierde. Es como cuando te vas de vacaciones que no ves el momento de cerrar la maleta y marcharte y ya el día antes de volver empiezas a pensar en lo a gusto que estás en tu casa. Con la soledad pasa lo mismo. La odias, te reconcomes en ella, te lamentas, hasta que te acostumbras. Y cuando vuelves al mundo de los vivos, cuando empiezas a ver las terribles ganas que tiene la gente de meterse en movidas, de juzgar y de provocar incomodidades, pues como que te pilla desentrenada.
La cuestión es que no había yo terminado mis vacaciones, cuando ya estaba pensando, no sin una dosis bastante alta de nostalgia, en los fríos días de otoño, en las bufandas y en los gorros, en el chándal para hacer que vas a salir a correr. Y es que, ya se sabe, que eres de Madrid si en invierno quieres calor y en verano deseas que vuelva el frío.
Mis vacaciones han transcurrido en el abanico tensional de 2 a 6, siendo el pico de emoción cuando se iluminaba el indicador de gasolina diciendo que no tenías más que para un par de kilómetros estando atravesando el gigantesco puente de Vasco de Gama.
He estado en Salamanca, Coimbra, Setúbal-Troia, Évora, Trujillo y, tras el cambio de maleta, en Burdeos.
La verdad es que ha sido un viaje estupendo, no exento de divertidas anécdotas. Pero en los momentos de dejar la mente en blanco, no paraba de añorar un poco, ojo, he dicho que sólo un poco, la rutina de los días de estudio.
Evidentemente, esta rutina cuando vuelve se convierte en un personaje desagradable y tosco, incómodo y, sobre todo, al caer las primeras hojas, cuando se enmarronecen las copas de los árboles, no puedes dejar de pensar lo a gusto que estabas tirada en esa playa de blanca de arena, oliendo a mar y a crema protectora y evitando las marcas del sol.
Pero, lo bueno que tiene el retorno al curso es que, no deja de ser un curso, y en este caso, para mí, será el definitivo.