Que te escribía un blog entero



jueves, 7 de julio de 2011

No se lo digas a nadie



Te giras a la izquierda, luego a la derecha, sospechando de todo el mundo, como un robocop, analizando las caras por si alguna te resulta familiar. Cuando compruebas que no, bajas el tono hasta casi un imperceptible murmullo. Entonces, tomas aire y dices "A Pepa [Nombre inventado] le ha salido un forúnculo en el culo". Y rápidamente te atreves a decir "Pero no se lo digas a nadie". Tu interlocutor, atónito, te mira embelesado, alucinado, pues se nos ha impuesto el pensamiento de que la información es poder. Rápidamente, este interlocutor quedará con otra persona y repetirá, idéntico, este ritual, aunque no conozca siquiera a Pepa, es más, aunque tampoco el interlocutor2 desconozca, incluso, a la primera fuente. Así, la pobre Pepa irá por toda la ciudad molesta con su grano en el culo, pero mucho más molesta por ver cómo la gente la mira y la señala, de una manera "discreta" porque todo el mundo sabe lo que tiene la pobre chica donde la espalda pierde su casto nombre.



Lo que pasa es que estamos metidos en esa dinámica que lejos de ser parte de intrigas palaciegas somos más bien tertulianos de patio de vecinos, asumiendo que estamos dispuestos a que se hable de nosotros a cambio de poder tener una opinión propia de la vida de los demás.



Dadas mis circunstancias personales, tengo una rutina bastante tranquila (¿Quién dijo que la rutina tenía que ser aburrida? Conozco gente que está al borde del paro cardiaco todos los días, y esa es su rutina). Lo me lleva a tener poco tema de conversación en lo referente a mi propia persona. Por este motivo, es habitual que tienda a hacer referencia a terceras personas, sin dar nombres, como puntos de comparación.


Ahora bien, he llegado a una conclusión. Voy a hacer un pacto: a partir de ahora no voy a hablar de terceros, no ya chismoteando, cosa que hago con relativa poca frecuencia, sino en general. A cambio, sólo me cabe esperar que otros hagan lo propio. A lo mejor sube la calidad de las conversaciones.



Porque también he llegado a la conclusión de que es muy fácil opinar sobre la vida de los demás. Siguiendo con el refranero español, "Se ve antes una paja en ojo ajeno, que una viga en el propio". Aunque no haya motivo para hacerlo, basta con que te sientes y empieces a decir "Yo, la verdad, lo que está haciendo Romualda no lo entiendo" para que tu interlocutor abra las compuertas de la, por qué no decirlo, maldad, y suelte perlas como sapos. Y así, matas la tarde, y de paso, una amistad. Porque Romualda al final termina enterándose de manera directa o indirecta de que sus amigos no la apoyan lo que deberían, porque, y esta es la tercera cosa de la que me he dado cuenta, la gente tiende a hacer dos cosas con sus amigos.


La primera, apoyar incondicionalmente de boquilla las empresas de sus amigos: "Tío, me parece de puta madre que quieras hacer puenting sin cuerda, ya verás, vas a revolucionar el mercado". No, lo que vas a hacer es darte la hostia de tu vida. La segunda, prejuiciar sin escuchar los motivos personales de esa persona: "¡Es que eres idiota! Tú lo que tienes que hacer es ... ¡y dejarte de tonterías!". Seguramente fue lo que le dijeron los amigos de Bill Gates cuando empezó a encerrarse en el garaje. Ah, no, que B.G. no tenía amigos. No es que yo tenga la respuesta a todo, pero creo que los consejos es mejor darlos cuando se piden y si no se piden, preparar el hombro y el oído para que, cuando salte sin red, estés abajo para recoger los pedacitos de tu amigo.

2 comentarios:

  1. Estoy muy de acuerdo con lo de los consejos,"consejos vendo, que para mi no tengo" siempre me ha fastidiado mucho...

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  2. Creo que el cotilleo es sano siempre y cuando se haga con finalidad terapéutica (osea, para liberar tensiones) y siempre y cuando a la hora de la verdad, estemos ahí para lo que sea. Me ha gustado mucho la última frase.

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