El primer capítulo de mi viaje a Nueva York comienza en el mismo aeropuerto. Resulta que para volar allí te tienes que sacar una especie de visado (aunque vayas de turista unos días), por el que tienes que pagar 14 dólares (10 euros y pico, para entendernos).
Pero como soy una Paco Martínez Soria cualquiera en lo que se refiere a trámites administrativos y casi hasta lógicos con respecto a ciertas intendencias, pues al hacerlo confundí número de pasaporte con el número de DNI. Así que hubo que volver a sacarlo en el mismo aeropuerto. Bueno.
Al llegar al control de pasaportes de la Policía Nacional, oimos como la agente de policía está sin gente pero hablando por teléfono: "Sí, es que está embarcando un vuelo a NY" "Sí, ha pasado por aquí y no es tan alta, no te creas" "Y además sin maquillaje, tampoco te creas que es para tanto, la verdad". Mientras debatía con el otro interlocutor, nos hizo un gesto de que pasáramos. Con eso, paso yo con mi tarjeta de embarque y mi pasaporte. Compara nombres, me mira y me deja pasar. Idéntica operación con mi madre. Abro mi pasaporte y veo que no es el mío, sino el de mi madre.
Alucinamos en colores. ¿Cómo es posible que nos dejen pasar con otro pasaporte?!!! Porque no teníamos tiempo, pero mi intención era llamar a su superior para que la mandaran a oficinas, donde seguro que se distraía menos.
El caso es que después de nuestra perplejidad, mi objetivo era evidente: Encontrar a esa famosa, obviamente. Barajé todo tipo de posibilidades, desde Shakira, hasta cualquier desconociducha de programa extraño de telecinco. Pero no encontré a nadie. Me dio mucha rabia.
El viaje me lo pasé estudiando de manera bastante relajada, porque en esa compañía aérea entendieron mi concepto de comer poco cada dos horas, así que yo feliz.
Al llegar, descorrieron las cortinas de la zona business y ¡vi a la famosa! Y tampoco era para llamar por teléfono a nadie, sinceramente.
Y al bajar del avión, nos hicieron recoger las huellas digitales, nos hicieron una foto y revisaron nuestros pasaportes. Y nos llevaron a inmigración. Bien, vale, bueno, de acuerdo. Terminé haciendo de traductora con todos los españoles a los que nos habían hecho lo mismo, porque no hablaban inglés y los típicos polis de nyc (o un blanco de 1,60 de 250 kilos o un negro 2x2) ni puta idea de español. Eso sí, un poster enorme en la pared con los números de las oficinas consulares de todos los países de américa latina. Que yo pensé: pues llamo a alguno y que me deriven la llamada a la oficina consular española.
Pero no hizo falta. A los diez minutos comprobaron que no éramos peligrosas y nos dejaron marchar. Con tan buena suerte que incluso encontramos nuestras queridas maletas.
Ah, por cierto, la famosa era Heidy Michel (la modelo mejicana, que no sé si lo he escrito bien).

