Que te escribía un blog entero



domingo, 27 de marzo de 2011

NYC 1



El primer capítulo de mi viaje a Nueva York comienza en el mismo aeropuerto. Resulta que para volar allí te tienes que sacar una especie de visado (aunque vayas de turista unos días), por el que tienes que pagar 14 dólares (10 euros y pico, para entendernos).

Pero como soy una Paco Martínez Soria cualquiera en lo que se refiere a trámites administrativos y casi hasta lógicos con respecto a ciertas intendencias, pues al hacerlo confundí número de pasaporte con el número de DNI. Así que hubo que volver a sacarlo en el mismo aeropuerto. Bueno.

Al llegar al control de pasaportes de la Policía Nacional, oimos como la agente de policía está sin gente pero hablando por teléfono: "Sí, es que está embarcando un vuelo a NY" "Sí, ha pasado por aquí y no es tan alta, no te creas" "Y además sin maquillaje, tampoco te creas que es para tanto, la verdad". Mientras debatía con el otro interlocutor, nos hizo un gesto de que pasáramos. Con eso, paso yo con mi tarjeta de embarque y mi pasaporte. Compara nombres, me mira y me deja pasar. Idéntica operación con mi madre. Abro mi pasaporte y veo que no es el mío, sino el de mi madre.

Alucinamos en colores. ¿Cómo es posible que nos dejen pasar con otro pasaporte?!!! Porque no teníamos tiempo, pero mi intención era llamar a su superior para que la mandaran a oficinas, donde seguro que se distraía menos.

El caso es que después de nuestra perplejidad, mi objetivo era evidente: Encontrar a esa famosa, obviamente. Barajé todo tipo de posibilidades, desde Shakira, hasta cualquier desconociducha de programa extraño de telecinco. Pero no encontré a nadie. Me dio mucha rabia.

El viaje me lo pasé estudiando de manera bastante relajada, porque en esa compañía aérea entendieron mi concepto de comer poco cada dos horas, así que yo feliz.

Al llegar, descorrieron las cortinas de la zona business y ¡vi a la famosa! Y tampoco era para llamar por teléfono a nadie, sinceramente.

Y al bajar del avión, nos hicieron recoger las huellas digitales, nos hicieron una foto y revisaron nuestros pasaportes. Y nos llevaron a inmigración. Bien, vale, bueno, de acuerdo. Terminé haciendo de traductora con todos los españoles a los que nos habían hecho lo mismo, porque no hablaban inglés y los típicos polis de nyc (o un blanco de 1,60 de 250 kilos o un negro 2x2) ni puta idea de español. Eso sí, un poster enorme en la pared con los números de las oficinas consulares de todos los países de américa latina. Que yo pensé: pues llamo a alguno y que me deriven la llamada a la oficina consular española.

Pero no hizo falta. A los diez minutos comprobaron que no éramos peligrosas y nos dejaron marchar. Con tan buena suerte que incluso encontramos nuestras queridas maletas.


Ah, por cierto, la famosa era Heidy Michel (la modelo mejicana, que no sé si lo he escrito bien).

miércoles, 23 de marzo de 2011

Admiración


Mucha gente me pregunta extrañada cuando me hablan de personas relativamente famosas por qué no las admiro y si no admiro a nadie.

Por supuesto que sí, les respondo. Admiro a muchas personas. Aunque normalmente no son las personas a las que admira la gente en general, pues suelen ser personas que por el mero hecho de aparecer en la televisión o por poner un nombre rimbombante en su tarjeta de presentación, se creen dignos de ser admirados.


Entre las personas a las que admiro, a las que más, posiblemente, sea a mis padres.

A mi padre, por su enorme capacidad de trabajo, por su tenacidad, por sus ganas de aprender cosas.
A mi madre, por cómo aunque tropiece se levanta mejor que antes, por sus credenciales como madre, por su capacidad analítica, por su enorme capacidad de sacrificio, por su gran mente administradora.
Y sobre todo, por haberme criado, educado y querido, cuidado cuando estaba mala, aguantarme toda la adolescencia y apoyarme incondicionalmente.

También admiro mucho a mis amigos y amigas; las que pasan casi 48 horas sin dormir porque están salvando vidas, a los que pasan más horas de las que deberían trabajando y cuando hablas con ellos están frescos como una lechuga, a los que te dicen las verdades a la cara, a los que te las dulcifican porque saben que eres una persona tierna. A los que dejan el camino fácil para cumplir sus sueños, a los que corren varias horas al día, a los que pasan por momentos duros y siempre te dan muestras de cariño en vez de echarse a llorar en tu hombro.
A los que cogen su maleta y dicen "Au revoir" y se marchan a conseguir una línea de curriculum en otro idioma, a los que hacen doscientas cosas a la vez y todas bien, a los que no saben qué van a hacer mañana con su vida, pero saben que algo habrá.
Admiro a aquellos que tienen un trabajo de mierda, pero siguen ahí, porque no les queda más remedio para seguir adelante, luchando por lo que quieren. Admiro a los que se saben organizar bien el tiempo, a los que pueden argumentarte una cosa rápidamente y dar respuestas inteligentes, a los que son divertidos, a los que tienen los huevos de tener hijos.
A los que dijeron, esto es lo mío, sabiendo que eran el número 1 millón en decirlo y se atrevieron a dar un paso más, a los que son mirados con desdén, incredulidad o soberbia y ellos les devuelven una sonrisa.
Admiro a mis amigos y amigas que están constantemente moviéndose de un lado a otro, los que se lían la manta a la cabeza, a los que son freelance, a los que sacrifican sus merecidas vacaciones por ayudar a los demás. Admiro a los que saben hacer cosas que yo ni he intentado hacer o ni sabría hacer. Admiro a los que tienen trabajos peligrosos, a los que tiran la toalla y siguen caminando con enorme dignidad por la vida.

A todos ellos, a todos vosotros, os admiro.
Porque no me hace falta admirar como una groupie colérica a nadie desconocido, porque el orgullo me sale de los cuatro costado cuando hablo de alguno de vosotros.

lunes, 14 de marzo de 2011

What a wonderful world


Estoy más emocionada que si me hubiera comido cuatro tripis.

Obviamente se debe en su mayoría al hecho de que en escasas 40 horas voy a cumplir uno de los sueños de mi vida, que es ir a Nueva York. Además, fuera de temporada, cosa que me pone más, incluso. Da igual el frío que haga, el sol o la lluvia, yo voy a estar en Nueva York.

Va a ser un espectáculo digno de verse. Creo que cuando llegue al JFK me voy a poner a llorar de la emoción y todo.

Y no sólo por las compras, también por estar en esa ciudad, la ciudad de Woody Allen, de Friends, de How I Met Your Mother (no, no porque sea la de Sex and the City, CRI), voy a hacerle fotos hasta al recepcionista del hotel. Tengo el presentimiento que va a ser como aquello de "el que era mediogilipollas, cuando vuelve de erasmus es gilipollas del todo" pero en cinco días. Y no descarto quedarme, y preparar mis oposiciones a distancia, cantando por skype.

El caso es que estoy muy contenta por mi superviaje, pero también por otras cosas.

No porque me hayan puesto una multa por exceso de velocidad, no, aunque tiene su gracia que me la hayan puesto a mí, precisamente.

También estoy contenta porque pese a que los temas de la oposición son exponencialmente más "enjundiosos", también son más divertidos para una pervertida como yo del legalismo administrativo. Y porque parece que me estoy empezando a acostumbrar a este ritmo de vida, y porque, por qué no decirlo, estoy encontrando la paz que nunca que me he dado. Y con eso no quiero decir que me esté cosiendo una mortaja ni nada de eso (lagarto, lagarto), sino porque ya no me altero tanto y resuelvo las circunstancias repetidas de mi vida con más tranquilidad y más capacidad resolutiva. Me habré hecho mayor. Pero un mayor no de esos viejunos, sino que he aprendido que si quiero algo, no me puedo quedar sentada a que alguien me lo traiga, sino que tengo que ir yo a por ello. Y miro a mi alrededor y veo a personas frustradas porque, sentadas en la mesa de la cocina mirando con viveza hacia la puerta, esperan que les llegue algo que, ni saben lo que es, pero quieren que venga servido en una preciosa bandeja de plata.

Pero yo no, así que el otro día, después de la academia, me fui a ver una exposición de fotografía de los años 60 y 70 de Barcelona. Muy interesante. Y, sobre todo, muy gratificante.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Te lo dije

Hace unos días me robaron el bolso.
Ahora ya estoy más recuperada, pero me duró un par de días el sentimiento de impotencia y sobre todo de "violación de la intimidad".
Lo que me toca estos días es rehacerme todas las tarjetas y carnets que perdí.
Como pille al individuo que lo robó...
En fin, que como indocumentada que soy por el momento, aunque tengo un pasaporte y una denuncia, y eso algo es algo, voy como alma en pena por los lugares públicos y otras sedes de diferentes Administraciones Públicas de diferentes territorios.
Podría pasarme un rato largo comentando anécdotas respecto a las múltiples visicitudes que estoy padeciendo estos días, pero hay algo que me estremece más.
En los próximos dos años, aproximadamente, mis progenitores, en particular mi madre (porque son Madres con mayúsculas) tiene carta blanca para recordarme la atención que tengo que prestar atención para que no me roben nada, con un simple mechero, un paquete de klinex, cualquier cosa.
Que yo, a partir de ahora, voy con 100 ojos, enganchada al bolso en modo ninja, todo para no ir la famosa frase: Te lo dije.
Y es que no hay nada peor que el sentimiento de haber perdido un combate contra tu madre cuando pasa algo que "Te dijo". Te da una vergüenza, ese volver a casa cabizbaja, no pensando en el dinero perdido, en el tacón roto, en el pantalón manchado, en el pelo chorreando, no... no, lo que te da más palo es llegar a casa y oir ese "¿Lo ves? Te lo dije". Que tú quieres decir, "no, mamá, no lo dijiste", pero te estás intentando engañar. Porque aunque no te vea salir de casa, ella sabe que te estás yendo, que tiene cámaras de seguridad en toda la casa. Y te dice desde el salón "¡Ten cuidado, que no te roben el bolso!".
Y asumes que va a ser así aunque emigres a la Conchichina, que te llamará justo antes de salir de tu casa en Brasilia y te dirá "¡Ten cuidado, que no te roben el bolso!". Y conforme vas cumpliendo años, te vas dando cuenta de que todas las prevenciones de las que advierte suelen ser premoniciones, que se van cumpliendo (a fuerza de repetirlas, yo creo) una tras otra. Así que yo, por si acaso, estoy empezando a hacer caso.

jueves, 3 de marzo de 2011

NO ES MI REALIDAD


Ayer, que no podía escribir, no paraba de pensar en cosas sobre las que publicar. La mayoría de ellas divertidas, pero hoy... no sé qué será, pero estoy con un misticismo sexy, como la flema sexy de Phoebe en Friends.

¿Qué quiero decir con "misticismo sexy"? Pues que bajo esa apariencia de trascendencia y de "enjundia", hay una niña pequeña que se entretiene con sus fábulas mentales. Que estoy más contenta que una perdiz cuando el príncipe y la princesa no se casan, pero de un contento tranquilo, lo que me permite, básicamente, descojonarme de todo y, sobre todo, de todos. Y ponerme una túnica morada, que me favorece poco, por cierto, y una serie de abalorios hechos por mí.

Que estoy muy aburrida de intrigas palaciegas, de historias de historias de amigos de amigos (sí, lo he puesto adrede), de los problemones existenciales en general. Que cuando algo me abruma, me enfada o me entristece, pienso siempre en el video de youtube en el que dicen "los problemas de verdad aparecen un martes por la mañana" (y por ello vivo todos los martes por la mañana asustadísima, deseando que pasen ;) ) y se me pasa.

Y por otro lado, he decidido dejar de dar explicaciones. Se acabó la justificación por la justificación. Que no, que soy así y se acabó. ¿Te gusta? Perfecto. ¿Que no? Lo siento.

Tengo mil defectos, pero he decidido empezar a mirar mis virtudes, que alguna tendré y también mirar algunos de mis rasgos malos como algo no tan malo.

Por ejemplo: Llorar con música deprimente. No es que sea una ñoña, es que soy empática.

Tener millones de bolis de colores. No es que sea una controladora compulsiva del orden, es que me gustan los colores alegres.