
Los últimos días he tenido una sensación muy extraña.
Desde hace un par de meses estoy acomodándome al hecho de pasar sola muchas horas al día, sin hablar con nadie, cosa que sufren los incautos que me llaman a cualquier hora, claro está, porque no paro de hablar.
Sin embargo, en los últimos días, no sé exáctamente por qué, he tenido un impulso de agarrar el petate, meter cuatro cosas y marcharme sola, a empezar de cero.
Cada día que comienza es un nuevo día en el que, si realmente quisiéramos, podríamos cambiar todo lo que nos rodea. Día tras día. Una especie de holandés errante pero al revés.
Coger y no tener ningún vínculo. Empezarlos de la nada. Buscar un trabajo de algo que no tenga nada que ver. Quitarme los prejuicios. Me acuerdo en estos días de esas personas que lo hacen, que cogen un día y se hacen un "¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind)" en toda regla.
Y el lugar al que siempre he querido huir ha sido Nueva York. Y es que, me pega tanto, según dicen algunos; será que me falta un poco de agilipollamiento de los que viven fuera algún tiempo, pues ya se sabe, el que era normal antes de un erasmus, vuelve un poco atontado y el que era medio tonto antes, vuelve gilipollas del todo. Aunque hay algunos a los que no les ha hecho falta cruzar la frontera para serlo.
Pero, en realidad, soy consciente de que allí, aquí o en el Kilimanjaro, yo voy a ser yo y voy a tener mis tristes tardes de domingo y mis sensaciones incómodas y pesimistas de la vida. Que tardaría a lo mejor cinco o seis años en darme cuenta de que eso no es para mí y cinco o seis horas en darme cuenta lo mucho que echo de menos a las personas que ahora me rodean, más o menos lejos.
El sábado por la noche tuve, durante algunos segundos, la sensación de que lo que estaba sintiendo constituiría durante mucho tiempo un magnífico recuerdo al que aferrarme cuando me entren los bajones. Y, curiosamente, no estaba sola.
:)
ResponderEliminarqué vas a hacer sin nosotros... y nosotros sin ti ;)
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