Desde que estoy en esta fase de mi vida en la que no sé bien por qué tengo más puntos de vista que un dado de 20 caras (comentario homenaje mode on), tengo algunos de mis sentidos más desarrollados. Y es que tener delante sistemáticamente el mismo decorado todos los días, hace que te fijes o que interpretes la realidad de otra manera. Ya sé lo que vais a decir, que todos tenemos el mismo decorado todos los días. Ay, amigos, cuando estéis en la cárcel podréis decir eso, pero mientras no estéis en una especie de cédula de aislamiento, no.
El caso es que me asomo a mi ventana por lo menos en un par de ocasiones al día.
Al hilo de esto, hoy, precisamente, me he sorprendido al charlar un momento con mis compañeros de academia y descubrir que ninguno íbamos vestidos de acuerdo con las inusitadas temperaturas. O muy abrigados o muy veraniegos. Y es que, nos hemos visto diciendo cómo nuestras madres respectivas nos comentaban las sensaciones térmicas del exterior. Y cómo yo, en más de una y más de dos ocasiones, no he acertado al coger u olvidar las gafas de sol.
Pues eso, que desde mi ventana se ven muchas cosas. A los de la empresa de alquiler de mesas, sillas, y menaje para eventos trabajar a destajo mientras el viejo, padre del dueño actual, se dedica a imponer su férrea disciplina dando bastonazos contra el suelo. A las ancianas que se paran a parlotear debajo de mi ventana sobre sus achaques, los niños protestando porque no quieren ir al cole, los adolescentes borrachos de vida gritando su asquerosa juventud. También se oyen tacones y se ven motos subir y bajar. Asusta cuando oyes al camión de gas descargando, y más cuando lo ves y piensas en una inminente explosión. Se ve al viejo Pinochet, militar jubilado que se dedica a intentar pegar al romaní de turno que mendiga en la esquina del banco donde él quiere sentarse. Y a la mujer que se trae una silla desplegable para vender la farola en la puerta del supermercado mientras vocifera durante horas en una lengua posiblemente subsahariana con un enfado considerable. Por las tardes, a última hora, si te asomas, verás y oirás a las de la academia de bailes orientales de enfrente, y casi te llegará el olor a incienso que ponen. Como diez mujeres contoneando caderas y agitando los brazos con menos erotismo que un mono oliéndose el culo. El que más gracia me hace es el perro que, desde mi mesa, ladra como si fuera una foca pidiendo pescado, pero no es más que un 20 metros cabreado porque le han dejado al lado de la señora que grita.
Los sábados y los domingos, desde mi ventana, también hay una mujer tocando, en modo permanente e irritante, canciones indescifrables con su acordeón. Pero sobre todo, cuando yo estoy de resaca.
Y los del bar de enfrente, personas que a mí me da la sensación que viven tomando cañas, pero claro, a mí ya me da la sensación de que "la vida es esa fiesta a la que nadie se ha molestado en invitarme", pero me gusta mirarles cuando, los días de partido, están todos mirando hacia el televisor colgado arriba, junto a la puerta, y sus cabezas, alzadas, se mueven sincronizadamente.
Ahora, que alguien me diga que mi vida no es como la de ese espectador que se sienta en la butaca del cine a ver la vida de otros.
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