Se levantó una mañana, colocó los dos pies a la vez en el suelo. Buscó sus zapatillas mulliditas. El suelo estaba muy frío. Cogió su goma del pelo y se lo recogió. Se tambaleó hacia el baño. Durante ese minuto, sentada en el váter, no se acordó. De repente, cuando ya tenía que volver a levantarse, se le vino a la mente. Él ya no estaba. Y ya no volvería a estar nunca. No le volvería a ver con el culo en pompa ocupando más de la mitad de la cama. No le oiría farfullar al no encontrar su zapatilla, ni tampoco el tintineo de los cubiertos mientras buscaba la cuchara con la que removía el café. Nada quedaba ya. Sólo la burbuja en lo alto de su estómago que le recordaría toda su vida que le había perdido. Encendió la luz y se miró en el espejo. Sus ojos, hinchados por quedarse dormida llorando, la miraban como si fuera otra persona, como si no hubiera sido ella, sino su reflejo el que aquella mañana hizo cambiar el rumbo de su vida. Si sólo hubiera sido su vida, se lastimaba, pero también la suya, la de él, él. Había optado, no había marcha atrás.
Su tortura matutina se interrumpió por el sonido del despertador. Otra vez. Nunca se apagaba a la primera. Se recompuso y empezó a prepararse para salir. Todo era de un color ocre en el que nadie miraba a nadie y quien la miraba, lo hacía con desprecio. Apoyada en la barra del vagón de metro, cerró los ojos y, por un segundo, revivió sus caricias, su manera de tocarla, de sentirla, de susurrar palabras de amor que ahora creía perdidas para siempre, que sonaban a viejas canciones que ya nadie escucha. De repente, algo le hizo sobresaltarse. Le pareció verle entre la multitud, era su nuca, su camisa, sus postura de altivez, su hombría llenaba todo el vagón. Sobrecogida por la sorpresa, su desconcierto la obligó a bajar la cabeza, a esconderse detrás de un grupo de estudiantes con enormes mochilas. Tenía miedo de que la viese. Miedo no, pánico. La siguiente era su parada. Si era también la de él, ¿cómo iba a serlo?, pensó, imposible. Ahora está en... De repente, su hombre giró la cabeza. No era él, ni de cerca, era más feo, tenía más edad e incluso más pelo. ¿Cómo podía haberse confundido? Le echaba tanto de menos... Su manera de pedirle perdón con flores, ramos y ramos de flores. Volvió a ella la culpa, el odio contra sí misma, esa terrible necesidad de estar con él. Pero no podía ser más. Ya no, después de aquello, no había vuelta atrás. Entró en aquel lugar inhóspito, sin vida, en el que un montón de señoritas como ella correteaban alegremente por los pasillos mientras otras de más edad la volvían a mirar con el desprecio que se merecía por lo que había hecho. De repente, una cara conocida al fondo del pasillo le hizo señas para que se acercara. "¿Estás lista?" Le preguntó, mirándola con una lástima infinita a medio camino del llanto y de la condescendencia. Accedió con la cabeza. "Sólo tienes que contar lo que te pregunten". Entraron en la sala, no estaba dentro, sólo otro abogado que ni siquiera se atrevió a mirarla a la cara. "¿Eso se lo ha hecho su marido?" Preguntó por fin el juez. "Sí", respondió ella. Y comenzó el relato de lo que había sido, en realidad, su vida junto a él. Cada una de las humillaciones, cada uno de los desprecios, de las faltas de respeto, de las coacciones, de las privaciones de libertad, de derechos, cada uno de los insultos, cada uno de los olvidos. Hasta que al final, con esa cuchara que tanto buscaba para remover el café, le quemó la cara. "Sólo una vez me puso la mano encima", intentó justificarle. Su abogado, entonces, expuso el proceso de terapia piscológica al que se estaba sometiendo, para evitar la desestimación de la denuncia. Pero ella no puede vivir sin él, pensaba. Pero ya no, ya no puede ser, se repetía. "Es un buen hombre, lo hacía por mi bien".
"¡Vero, joder!" Una voz la sacó del ensimismamiento de aquellos pensamientos. "¿Es que no me has oído? ¿Subes a cambiarte o qué? ¡Que no vas de fiesta, joder!". Le miró a los ojos, callada, muy seria. Le miró a los ojos como si rebuscara una palabra que no le salía, algo parecido al beso que le convertiría en su príncipe azul. Pero no, él se impacientaba, le volvía a decir que subiera a cambiarse. Bajó los ojos. Se armó de valor y le dijo "Vé tú, ya hablamos otro día, no me encuentro bien." Y se bajó del coche. Ya no oía los gritos, ya no volvió a cogerle el teléfono. Aquellas imágenes premonitorias le hicieron tomar la decisión. Nunca nadie le diría qué tenía que hacer. Posiblemente, él jamás le habría puesto la mano encima, ni la habría despreciado, es posible que incluso fuera vestida de manera inapropiada para la ocasión. Pero aquello, era una decisión suya.
2.
7. Siguiendo con el rollo sentimental, no puede faltar otra de las películas de las que me aprendí todos los diálogos: