
A veces, sólo a veces, una sensación inusual te recorre el cuerpo. Es la de saber que estás bien. Que no hay agobios, no hay malestar, no hay conflictos dentro de ti. Es la sensación de la aceptación, del perdón a ti mismo, de la honestidad.
Estamos demasiado acostumbrados a vernos a nosotros mismos a través de imágenes construidas en función de cómo queremos ser, pero sobre todo de cómo no queremos ser.
Y a veces, sólo a veces, lo que piensas que eres y lo que eres coinciden. Te cubre un suave manto de color azul añil, luminoso y cálido al mismo tiempo, que te abraza pero no te da calor. Sientes que tu cerebro se posa sobre tus ojos y éstos, sobre una realidad que no te importuna, no te agrede, simplemente es.
E incluso, a veces, sólo a veces, notas como tu sarcófago está repleto de una calma inusitada, una balsa de aceite que, imperturbable, consigue que tus pies se adormezcan.
Algunos lo llaman monotonía, otros rutina, otros aburrimiento, pero para mí no lo es. La vida, dijo alguien muy listo y ocurrente, es esos ratos de pausa entre una rampa de ascenso y otra de descenso de una montaña rusa.
Pero a veces, y sólo a veces, piensas que, en realidad, la felicidad es esto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario