Que te escribía un blog entero



jueves, 5 de julio de 2012

Último capítulo

No sé si recordaréis mi tórrido romance con el motero que desde arriba era atractivo y de lejos un gañan, pero aquí va la tercera parte de mi historia.
En los momentos más bajos y por supuesto más humillantes de mi vida opositora, todas las mañanas calculaba la hora a la que salía nuestro aguerrido motero para yo, infeliz, deleitarme durante unos segundos. Debido a que en los meses siguientes la necesidad de obtener un beneficio a esto de estar encerrada día y noche mataba toda hormona de carácter reprodutivo y/o sexual, dejé de calcular sus horarios (además del hecho, nada carente de importancia, de parecer una psicópata) y, por tanto, dejé de verle.
Cuál fue mi sorpresa cuando, el domingo pasado, iba yo, toda pizpireta, camino de ver el partido de fútbol, adelanté a una pareja. No me digáis por qué, instinto asesino, depredador, psicosis, paranoia, no sé por qué, pensé en que, a lo mejor, el hombre al que estaba adelantando era mi motero. ¿Cómo hacer para que, con zapatos de cuña barco a los que encima se le ha despegado la mitad de la suela arriesgando tu vida a cada paso, puedas girarte sobre ti misma para comprobar si efectivamente es el hombre por el que suspirabas hace unos meses?
Compleja, muy compleja maniobra. Así que al final opté, como toda cafre y "rompetechos" que soy, por, con dos cojones, hacer como que me molestaba en tacón, aporyar el pie en uno de los pivotes destrozarodillas de la ciudad y girarme de la manera más descarada posible para comprobar que, efectivamente, era mi motero.
En las décimas de segundo que pude verle, porque, como buena mujer que soy, estaba yo más pendiente de ver cómo era la chica que llevaba al lado, no me pareció nada del otro mundo, demasiado rubio para mi gusto, quizá, pero no tan hortera como se me aparecía de lejos. La tía, un cardo, obviamente, como todas las que debemos odiar por el simple hecho de ir de la mano de un tipo al que seguramente no aguantaría ni tomando un café. Pero eso sí, alta, lo que me jodió, por aquello de los complejos adolescentes.
Lo peor y más patético de todo, si es que se puede superar el nivel establecido previamente, es que se dieron cuenta de que me había parado para mirarles y esbozaron, sin mirarse apenas, una sonrisa maliciosa que, la verdad, me sentó como el culo.
Con todo ello, por tanto, creo que puedo dar por concluída esta historia de amor platónico.