Estaba sentado en el banco del parque, pasando sin mucho tino las canciones de su ipod. Hacía frío, pero también sol. En realidad no se estaba tan mal, si no fuera por ese nudo en la garganta que casi no le dejaba hablar.
A lo lejos llegaba ella, con el paso firme, apretado, con su abrigo marrón, su bufanda, sus gafas de sol, su gorro... Vamos, que sabía que era ella porque se dirigía a gran velocidad hacia él. Pensando en por qué diablos le había citado en un parque en pleno mes de febrero.
Él se quitó los auriculares y le hizo un gesto para que se sentara junto a él, en el banco, como las ancianas que dan de comer a las palomas. Ella, al llegar junto a él se quitó las gafas. Le sorprendía su seriedad, su casi indeferencia. ¡Si era él quien había querido quedar! ¡Con todo lo que le quedaba por hacer! Se sentó. Le miró. Tenía el ceño fruncido como un acordeón. Las cejas arqueadas en forma de interrogación. No se atrevió a abrir la boca, no fuera a ser peor. Él le puso sus cascos, y le dió al play. Sonaba "I've just seen a face" de The Beatles. Extendió su mano, en ella había un papel doblado en cuatro partes. Ella lo recogió, lo abrió mientras las primeras notas hacían que su corazón fuera al mismo ritmo. No entendía nada. "Qué tío tan raro, carajo", pensó. Al abrir el papel, empezó a leer en una casi infantil caligrafía:
" No soy bueno escribiendo, pero soy aún peor con las palabras.
Quizás es cierto que te sobran cinco o siete kilos, es posible que el espesor de tus patillas se esté incrementando y seguramente nunca volverás a tener las tetas tan altas como cuando te conocí. Tampoco creo que nadie nos mire cuando nos crucemos por la calle, ni que la gente murmure que cómo he conseguido que una chica diez me dé un pico cuando llega a buscarme.
No creo que por las mañanas vayas a estar más guapa que con dos horas de preparación para una gran fiesta, ni que el humor se te mejore con la edad. No creo que pueda convencerte de que el baloncesto es divertido, ni quitarte la manía de ver programas del corazón y que luego pretendas contármelos. Dudo mucho que me acostumbre a comer cereales para desayunar o que tenga que fingir que me interesa a lo que se dedica tu padre en largas charlas los domingos de sobremesa.
Pero ten por seguro que si aceptas seguir a mi lado, tendrás mi alma en cada caricia que te haga, tendrás mi oxígeno antes que yo pueda respirarlo para alimentar las flores de tu boca y te consumiré a besos en cada ocasión que el tiempo me dé antes de caer en brazos del sueño eterno. Diré que no me arrepiento de estar a tu lado cuando todo lo malo se junte en nosotros. Que estaré pendiente de que seas feliz y que todos los días viviré para arrancarte una carcajada."
Él quitó la música, ella se giró hacia él, le miró con la exclamación saliendo de su nariz y le espetó: "¿Me estás llamando gord...?" y antes de que ella pudiera terminar, la agarró de la mandíbula y le dio el más apasionado de los besos que ese banco vio jamás, tan apasionado fue que hasta unos adolescentes que pasaban por ahí se escandalizaron porque sintieron envidia de que alguien estuviera vertiendo su ilusión de manera tan suicida en el alma de otra persona.
Cuando se separaron, ella se enfadó, recogió su bolso, guantes y gorro del suelo, donde se habían precipitado con tan vehemente ósculo y se alzó como un millar de palomas cuando un chico irritante lanza un petardo.
"¡Nunca había leído tantos insultos juntos! Indignada se alejó, farfullando una mezcla de pensamientos aún aturullados y una fogata que le salía del pecho, no sin antes tirar la carta sobre sus brazos, abatidos por el esfuerzo de intentar secuestrar su amor. Él sólo acertó a decir "¡Piénsatelo y me dices!".
Con la dulzura con la que una madre arropa a su pequeño cuando duerme, cogió su retoño, lo dobló, y se guardó con la resignación de un héroe batido en combate la carta en el bolsillo.